Abejas

Este lugar donde vivo no deja de sorprenderme.

Hace varios días, nos dimos cuenta de que en el jardín de una de las casas que bordean Jackson Boulevard había unas casetitas de madera que parecían colmenas bastante lujosas, con su tejadillo y todo. Cada vez que pasábamos por delante con el coche, nos picaba más la curiosidad, así que hoy nos hemos decidido a satisfacerla.

Hemos llamado al timbre y ha salido a abrir un hombre que, al ver a unos desconocidos a la puerta de su casa, ha puesto cara de asombro enarcando las cejas. A mí me ha dado la risa. Cuando le hemos explicado el motivo de nuestra visita, nos ha llevado a su jardín y nos ha enseñado lo que, efectivamente, son sus colmenas. Cuatro casetitas de madera que él mismo ha construido, donde sus abejas se afanan en fabricar miel. Jack, pues así se llama el hombre, nos ha contado que empezó a criar abejas hace tres años, cuando su esposa y él se mudaron del campo a la ciudad. Según nos decía, en la ciudad no puedes tener caballos ni vacas ni ningún animal grande, así que… abejas. Ha quitado la tapa de una de las colmenas para que viéramos a las abejas en su trajín, y se han debido de sentir molestas, pues una se le ha posado en el brazo y le ha picado. Nos ha explicado que cuando te pica una abeja no hay que apretar en la picadura, sino simplemente pasar una tarjeta de crédito por encima para que salga el veneno. Supongo que también valdrá una tarjeta de débito, pero no hemos discutido este extremo.

Jack no solo obtiene miel para su propio consumo, sino que también la vende a un par de negocios de la ciudad. Sin embargo, no tiene interés en aumentar su población apícola, por lo que nos ha ofrecido otra colmena que tenía allí apartada, formada por un grupo de abejas de una de sus colmenas que habían hecho enjambre y para las que estaba buscando dueño. Además, nos podía proporcionar algún equipamiento.

No nos hemos llevado la colmena, pero sí hemos seguido su consejo de ir a un lugar donde otro apicultor de aquí, de nombre Jerry, vendía colmenas precisamente hoy. A este Jerry le hemos preguntado qué hace con las abejas durante el invierno. Dice que rodea las colmenas con paja para protegerlas de las inclemencias del tiempo y las cubre por la parte de arriba con una pantalla de color oscuro que además de protegerlas atrae los rayos solares y les proporciona calor. Y allí se quedan, decía el hombre, alimentándose de su propia miel, viendo la televisión, y tomando café.

Jerry vive en la ciudad y tiene sus colmenas en el jardín de su casa. Nos ha invitado a la reunión de los miembros de su club, el Wannabe a Hobby Beekeeper, que se celebra todos los segundos miércoles de cada mes en un centro cívico. Este miércoles, va a hablar de cómo limpiar las colmenas. Como él decía, no solo se aprenden cosas, sino que también se conoce buena gente.

Los apicultores aficionados como Jerry se divierten criando abejas, recolectan la miel para ellos mismos y sus familias y amigos, y para vender el excedente como un ingreso extra, y contribuyen a mejorar la población de abejas, sin las que no podemos vivir. Aunque a veces, si las molestamos, nos piquen.

Lo que me sorprende es descubrir que hay gente que cría abejas en su propio jardín, por simple afición, sin ninguna ambición comercial. Yo siempre había visto las colmenas en el campo, alejadas de los núcleos de población, como algo peligroso de lo que hay que mantenerse alejado. Pero ahora veo que no, que las abejas pueden convertirse también en animales de compañía y que algunas personas se sientan en su jardín a mirarlas en su ir y venir, observando el color del polen que traen pegado a las patas, tratando de adivinar en qué flores han estado hurgando, dónde han pasado el rato.

¿Acaso no es sorprendente?

Foto: G. VillasanteFoto: G. Villasante

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14 comentarios

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14 Respuestas a “Abejas

  1. Sí que lo es. Muchas gracias por hacernos partícipes de ese mundo tan sorprendente en el que vives.

  2. marga marcos pascual

    Viva la vida y vivan los hombres capaces de tantas maravillas. Primero los señores del club ese que cuentas, segundo tu misma por contarnos esa preciosa experiencia, verdaderamente me han entrado ganas de fijarme con calma en la próxima abeja con la que me cruce. Pero para terminar mi asombro, la fotografía con la que adornas tu relato. Otra maravilla de los hombres, porque ese G. Villasante que firma la autoría, también debe ser un tipo curioso para tomar esa preciosidad. Lo que digo, un placer comprobar tantas grandes cosas…..¡y las que habrá¡

  3. Sap

    .
    Tus historias están siempre llenas de placidez, Ángela, y lo mismo da que intervengan abejas u ovejas porque al final y en el fondo, siempre hay hombres y mujeres.
    🙂

  4. Teresa G

    Qué preciosidad de relato. Nos hablas de un mundo desconocido y fascinante. Desconocía por completo que se pudiera tener en el jardín de casa una colmena. Y luego está ese mundo de relaciones entre los criadores. Me ha parecido interesantísimo. Y la foto es muy bonita. Te felicito, Ángela. Creo que hasta resulta estimulante esta lectura.

  5. Raúl Hernández

    Angela:

    Tus breves relatos hacen que el mundo en el que vives parezca de Walt Disney. Y no sé si el mérito es del lugar que habitas y de sus gentes o de los ojos que los miran…
    Yo, que tengo una casa en Los Navalucillos cerca del coto de caza y que estoy aburrido de encontrarme colmenas por allí, nunca las miré con tan poéticos y cándidos ojos. Mi mundo rural es más rudo… ¿o soy yo?…

    • Pues no sé, Raúl, a lo mejor es un poco de las dos cosas. Estamos acostumbrados a ver sin mirar, sin darnos cuenta de lo que tenemos delante de los ojos. A lo mejor, si un día te paras a mirar esas colmenas, encuentras algo inesperado. Que no sea un picotazo.

  6. Paco Principiante

    ¡Ángelaaaaa!
    ¿Dónde te habías metido? Qué “chulo” lo de las abejas.
    Me ha dabo un vuelco el corazón cuando lo de la tarjeta de crédito. Pensé: estas ya se ha subido al carro del consumismo y si te quieres librar del dolor: “tarjeta al canto”, “pasa por caja”.
    Bueno, que me alegra leerte y que sea con estas historias tan apícolas como asombrosas.

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