Llueve, y llueve, y no deja de llover. Los ríos y arroyos se desbordan, creando peligro y pérdidas aquí y allá. Pero la pradera está verde, de un verde intenso y deslumbrante. La hierba crece salvaje y está fresca. Y entre ella, delante de esa casa desvencijada, casi invisible, se encuentra el señor Conejo, harto y feliz.

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